Es un mundo telúrico que viene desde el fondo de la tierra, con sus abismos, sus cavidades secretas, sus remolinos coagulados de lava. Al mismo tiempo el agua hace erupciones aunque muy ancianas, el cansancio de las rocas, cuando las olas buscan los orificios; las piedras que fuerzan los flancos o los excavan. Luego los zambullidos sombríos, abisales. Hay dentro y alrededor de ella como sonidos que vienen de un órgano.   Perfilado y como entre líneas, una silueta recubierta. A veces a contra luz o atravesando la tinta de los espacios. Algunas veces cuando la forma  abraza la  roca que encarna el cuerpo. Donde el propósito es olvidar donde el se embarranca.

A donde vayamos, sobre las paredes rocosas o a las orillas de los precipicios, es la mujer que pasa donde su cuerpo de obsidiana es yacente. O bien es la mujer que viene de otra vida revestida más allá de su velo. La vemos vertical en proa sobre una roca, que oscila en desaparecer. A veces en su aura o hecha de un humo, inmóvil. A veces completamente desencarnada, antes que la roca la abraze. Siempre con el arrepentimiento de no existir, o tal vez, miedo por dejar detrás de ella el rastro del amor. Por el abismo, la sombra estamos cerca de un drama íntimo que borda la confidencia como la de una mujer que vuelve a sus rincones familiares y que de estos lugares, ella encanta. Ella es una resucitada al borde del trazo, de la marca dejada en su paso, del nudo de seda en un fondo negro, del ramillete de baile que se marchita en la orilla del mar. También ella es un amor perdido, que un corazón gigante anuncia antes del vuelo, sin que jamás sus trazas o su cuerpo se estampen. Tan hecha de fragmentos esta hecha su alma estremecida. Solamente su mascara aparece a los reflejos lustrosos cuando el también parece encallar y privarse de ella.

 

J.R. GEYER

PARIS 2011